1.06.2009

Memorias del subsuelo... (II)

Sigo, entonces, hablando con toda tranquilidad de las personas de nervios bien templados que no pueden saborear ciertas sutiles voluptuosidades. Aunque estos señores bramen como toros en algunos casos y se enorgullezcan de ello, se derrumban, como ya he dicho, ante lo imposible: ante la pared de piedra. Pero ¿qué pared es ésa? Evidentemente, son las la leyes naturales, los resultados de las ciencias exactas. Si os dicen a vosotros, por ejemplo, que descienden del mono, es inútil torcer la boca: tendrán que aceptarlo. Si os prueban que una gota de su propia grasa es más estimable para vosotros que cien mil del prójimo, y que a eso van a parar las virtudes, las obligaciones, y demás fantasías y prejuicios, no os quedará otro remedio que admitirlo, porque dos y dos son cuatro. Esto es verdad, y no hay discusión posible.
"¡Perdone! - dirá alguno-. Pero entonces usted, ¿por qué protesta? Dos y dos son cuatro. A la naturaleza no le importan las pretensiones de usted; no le preocupan sus deseos; no le importa si sus leyes le convienen o no a usted. Usted debe aceptarla como es y aceptar todo lo que procede de ella. La pared es una pared...", etcétera. Pero ¿qué importan, Dios mío, las sabias leyes de la naturaleza y la impecable aritmética si, por un motivo u otro, esas leyes y ese "dos y dos son cuatro" no me placen? Evidentemente, no puedo romper la pared con la cabeza, porque mis fuerzas no alcanzan para ello; pero me niego a aceptarla simplemente porque sea de piedra y yo no tenga fuerzas para romperla.
¡Como si esa pared pudiera dar alguna paz! ¡Como si uno pudiera reconciliarse con lo imposible por el simple hecho de que se funda sobre el "dos y dos son cuatro"! ¡Es lo más ridículo que puede imaginarse!
¡Cuánto más terrible es entenderlo todo, tener clara conciencia de todas las imposibilidades, de todas las paredes de piedra, y decidir no humillarse ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas paredes si ello nos repugna! ¡Cuanto más difícil es llegar, siguiendo las deducciones lógicas, a la posición más desesperante respecto a nuestra parte de responsabilidad en la pared de piedra (aunque está muy claro que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, hundimos, en silencio pero apretando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que en verdad no podemos rebelarnos contra nadie, porque, sencillamente, no tenemos a nadie contra quién rebelarnos! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una gran mentira, un engaño un caos! No sabemos de "qué" ni "quién", pero sí sabemos que por todos los engaños y por toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.



Fragmento de memorias del subsuelo - Fiodor Dostoievski

No hay comentarios.: