9.29.2008

Pacto de silencio

El manto del olvido cubre el pacto de silencio. El manto es un envoltorio. Gomoso, elástico, como esas microtelas de film poliéster que se usan para guardar comidas en el freezer. El pacto en realidad son muchos pactos: matrimonios que conviven sin amor, traiciones de mayor o menor calibre, frustraciones, complicidades. Como un tejido molecular, la suma de los pactos conforman una red, un grupo social. La mismísima patria. El plástico los envuelve como si fueran sanguches de miga y terminan siendo un pegote como si fueran uno solo. El jamón se funde con el pan y con el queso.
Con el tiempo, la presión del olvido sobre el silencio, en estrecha interacción y sin dejar pasar oxígeno del exterior, hace que uno, “la gente”, se anestesie. Da la sensación de que no se sufre, pero también se desdibujan algunos sentimientos, supuestamente intrínsecos a la estructura del ser humano como la solidaridad, la sensatez, el sentido común.
“Me hago mierda pero llego” decía en un monólogoOmar Viola, en el escenario del Parakultural, el mítico templo del underground de los años ochenta en Buenos Aires. Repetía esa frase muchas veces mientras trepaba en el aire con manos y piernas. Uno se acostumbra a domesticar la rebeldía. El perro salvaje, que siempre se alimentó degollando ovejas de corral, ratas y comadrejas de un solo mordisco, se vuelve adicto a la comida de mascotas de los supermercados. Uno se acostumbra a protestar tibiamente. A dar comisiones. A buscar espónsores. A tener un representante. A elaborar una estrategia. A dormir en el mismo hotel que el enemigo y cruzarse con él en los pasillos. Ya está establecido el gesto de mirar como al descuido para otro lado. La resignación, mezclada con la falta de compromiso, de fe, terminan siendo un cóctel fatal.
Se trata de pertenecer. De progresar. Comprar una camioneta 4 x 4 con vidrios polarizados, que son más altas, se ve de más arriba y así se evita mirar a los ojos a los muchachos que limpian los vidrios en los semáforos. Hay que avanzar: sumar puntos con la tarjeta de viajero frecuente de Iberia Plus, y si tenés suerte, cuando hay mucha gente,cuando el vuelo esta sobrevendido, te pasan a business class, y eso si que es la gloria… te sentís realmente flotando sobre las nubes, tomando champán, durmiendo totalmente horizontal y leyendo sin culpa hasta el último renglón de la revista Hola.
Uno negocia. Pero el miedo y la culpa se incrementan. Aparecen materializados en sensaciones corporales: un gusto ácido en la garganta, como a bilis, que a veces baja y se instala en un ardor en el estómago, a veces se transforma en una molestia punzante en el pecho. Las escenas de persecuciones son una constante en los sueños. Todos los sueños son pesadillas. No está claro a quién se traiciona, pero uno está seguro de ser un traidor. No lo leí, pero me parece que Crimen y Castigo tiene que ver con esto.
Así es la cosa con los textos. Las palabras, mientras sean sinceras, y las frases suenen bien, con armonía, con musicalidad, pueden ir y venir. Hay cierto margen de ambigüedad. Existen los sinónimos. Si una palabra no funciona se pone otra. La imagen es otra cosa. Sobre todo si se trata de retratos. No hay espacio para andar dando vuelta ni se pueden poner adjetivos. La intensidad de la mirada, el gesto y la posición de las manos…
El secreto es estar alerta cuando se presenta un encuentro.
Podría ser una frase de Borges: “cuando fotógrafo y fotografiado se eligen mutuamente”.
Yo creo que a esta altura del partido, después de todo lo que pasó en el mundo en estos últimos años, no es necesario hacer doscientas fotos en el oeste americano como hizo Richard Avedon para decir lo que hay que decir. Con hacer algunos pocos retratos, bien hechos, que hablen de dos o tres sentimientos básicos, centrales, alcanza. Lo demás se repite y se corre el riesgo de aburrir.
Los objetos ayudan formalmente, simbolizan cosas. Más allá de lo emocional, se puede opinar en el campo del poder político, de lo económico. El avión es un avión, pero también es una ofrenda y un misil. El yugo en el cuello ya se sabe lo que significa. Y en cuanto al color, el rojo tiene la contundencia de los clásicos. Se potencian mutuamente con el negro/violeta/amarronando/carioca/Yoruba/Caboverde/Favela de Rocinha que tiene la piel de Rogerio el modelo brasilero de la foto.
Las marcas, la publicidad, están en todos lados, omnipresentes, por encima de todo. Como no se pueden evitar, solo hay que volver a ponerlas sobre la mesa. Wharhol y el pop-art ya dijeron todo lo que hay que decir sobre el tema. Yo solamente cargo las tintas con el sabor amargo -digamos agridulce- propio del enojo, incomodidad, el resentimiento que esta implícito en todo gesto poético que pretenda dar una opinión sociopolítica del mundo actual y que se genere desde el Sur, desde la periferia. A veces incorporo el humor que tiene que ver con lo que se entiende por “viveza criolla”, o con el “jogo bonito”rasilero. También, con los años, uno aprende que lo principal es la ternura. Respirar, caminar, tener paciencia hasta que el corazón, el alma, la inteligencia y el oficio, se pongan en sincronía con la ternura. Cuando aparece la ternura no hay espacio para la venganza.
En fotografía, la puesta en escena no es más que un retrato de personas en una situación teatral. Los siete hombres que están caracterizados de médicos, enfermeros y el perito balístico en la foto de la autopsia, transmiten la emoción de estar allí, a treinta centímetros de una hermosa joven desnuda, baleada, agujereada y muerta. Haciendo de muerta. Y cuando miran a cámara, se les caen las mascaras. Se desintegra el personaje y a través de las miradas, del gesto corporal, se constata una vez más la profunda desolación del ser humano. El esfuerzo inútil de crear una ilusión para creer que la vida sirve para algo. Ese es el único secreto para hacer un buen retrato. Crear un clima para mostrar esa desolación. Esa nada. Ese escepticismo. Como una frase que supuestamente dijo un provinciano que se bajó del tren en la estación Retiro, expresando su primera impresión de Buenos Aires: “Casas más, casas menos, igualito que Santiago”. También está la famosa ecuación espacio-tiempo. No es lo mismo fotografiar en la primavera de Praga en 1968 que en Buenos Aires del 2003. Todo sucedió en mi casa/estudio de Barracas, en la calle Finochietto, eternamente sucia, eternamente salpicada de bolsas de basura rota, bolsas blancas de Coto, plásticos, algodones, pañales descartables, a diez cuadras del pretensioso, superficial, inútilmente aerodinámico puente Calatrava que está en Puerto Madero. He visto a familias enteras, con niños, disputándose la comida cuando sacan la basura de los coquetos restoranes que están al lado de ese pinche puente. Esa sola imagen derrumba toda posibilidad de fe en el futuro y hace que se te quede atragantado el “Art district”. Pero mejor no decir nada. No se puede ir en contra del progreso. Pensándolo bien, tal vez conviene que de una vez por todas Puerto Madero se llame Puerto Alan Faena. Y en unos años más, el Río de la Plata también se llame Río Alan Faena y así como Ciudad del Este se llamó Puerto Stroessner o San Petersburgo se llamó Leningrado, Buenos Aires se anexe al Gran Buenos Aires (Lanús, Avellaneda, Quilmes) y toda esa mega masa urbana, se llame también Alan Faena. Con las paradas de colectivos diseñadas por Phillipe Stark y un shopping center gigante, con helipuerto en la terraza, proyecto exclusivo de Norman Forster, para borrar de una vez la Plaza Once.
Entonces, la foto de “La autopsia” es un documento. Por más adornos, metáforas, delirio, teatralidad, azar, hallazgo, error, cuando uno se descuida, se filtra la verdad y la imagen se hace documental. Como si la foto, además de las citas a Rembrandt, al Che muerto en Bolivia, a la foto del velatorio de W. Eugene Smith en su famoso reportaje Spanish Village de los años cincuenta en Extremadura, España, fuera un documento una constancia, que es prueba evidente de una muerte injusta. La autopsia clandestina de una ilusión. De un fracaso. La muerte de la patria joven. Toda autopsia es perversa aunque sea necesario saber la causa de la muerte. La sangre derramada no será negociada. Patria o muerte. Venceremos. Ni olvido ni perdón. Los milicos al paredón. Tanta frase. Tanta trampa: la sangre de la chica muerta no es sangre sino tinta roja. La sangre está teatralizada. Es un simulacro, un maquillaje, una puesta en escena del dolor. Es la sangre de todas las sangres. El enfermo que cura al enfermero. La sangre que se está derramando en la antigua Persia. La sangre de un bebe muerto en la franja de Gaza, por un error técnico del apretó el botón del misil.
Miro a ese bebé muerto, llevado en andas, en la tapa manoseada del diario Clarín. Es interesante ver el estado del diario Clarín a la tarde, en los bares que va mucha gente. Un asco de huellas digitales, suciedad, tinta corrida… Me recuerda unas fotos pequeñas, postales, todas manoseadas por pintura al óleo, que estaban entre las pertenencias de Francis Bacon, y eran fuente de inspiración de algunas de sus más celebres obras. Una foto de un papa. Estaba en una vitrina, junto con otras hojas sueltas de bocetos y anotaciones en una retrospectiva que vi en el Pompidou. Es interesante lo que puede disparar una fotografía cuando no está hecha con pretensión artística. Miro la cara, el gesto del padre, enarbolando ese bebé envuelto en trapos, con los ojitos cerrados… muertos. Los gritos congelados de las mujeres, sus velos, sus manos… la precariedad arquitectónica del entorno...? Quién va a calmar esa sed de venganza?
Acá, en Buenos Aires, como medio oriente queda lejos todavía, uno se puede tomar un Fernet con Coca en el bar de la esquina. Yo voy al de Brasil y Defensa, cerca de mi casa, al atardecer, con la excusa de “distraerme”. Es terrible después de ver ese diario rotoso, pegajoso, que da la sensación que las noticias ya son viejas, que no importan, ver a la gente –yo incluido- mirando el noticiero con la misma desidia que mira los goles de los argentinos que juegan en la liga inglesa de fútbol. Me pongo a mirar el Parque Lezama. Luego otro Fernet más, puro, con hielo, y siento que me da lo mismo que cerraron el Británico. Me da un poco de lastima por Horacio González (el sociólogo) y por Eduardo Grossman (el fotógrafo), que tanto les gustaba ese bar. A mi, la verdad, me da lo mismo. Hacia mucho que no iba más.
Prefiero el bar de enfrente, que hay una vista al parque más en diagonal. Y al Británico me gustaba más mirarlo que estarlo.Miro la gente. Los turistas. Me pongo a pensar cosas lindas. A recordar canciones. A recordar a los travestis que van y vienen por la esquina de la calle Ipiranga y la avenida São João, en San Pablo; del año pasado, que fuimos con Lena y con los niños a La Habana, a visitar a mis suegros que viven allá, y como no tienen en la casa lugar para hospedarnos, compramos un paquete turístico con todo incluido, y por suerte nos dieron un cuarto bien alto del Hotel Riviera, que daba al malecón, y yo me pasaba atardeceres enteros tomando ron con hielo y mirando un plano secuencia sin sonido; algo maravilloso que el cine nunca jamás podrá conseguir, ni soñar, ni imitar, ni lograr esa emoción máxima que es la realidad misma fluyendo en tiempo real: las olas cayendo sobre la vereda, llegando a veces hasta el medio del pavimento, el mar, el horizonte, los carros Lada yendo y viniendo a la misma velocidad, algunas motos con sidecar, una chica sola mirando el mar por un tiempo increíblemente largo, un par de turistas jóvenes, tontos, con sus camisas floreadas, que la interrumpen y quiebran ese momento sagrado, íntimo, tan necesario para ella…
Como dice mi amigo Roberto Fernández: “el rey esta desnudo”. Todo está a la vista y todo termina siendo un juego de palabras. No hay secretos ni reglamentos del Río Bravo para abajo. Yo me apropio de la poesía ajena. No me importa nada. La piscina está llena de ratas, las ideas no se corresponden con los hechos, el futuro repite los errores del pasado y el tiempo no para. No me pidan coherencia: reescribo las memorias del subdesarrollo y solo trato de afinar el instrumento para que mi canto vibre en la misma nota del ruego de ese hombre que parado en la orilla del río Manzanares, le pide que aquiete sus aguas, que lo deje pasar, que su madre enferma lo mandó a llamar… Le suplica y le dice que ella es la única estrella que alumbra su porvenir y si se llega a morir, al cielo se irá con ella.

MARCOS LOPEZ, BUENOS AIRES, DIC 2006

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