Este escrito fue extractado de “El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde”, de Robert Louis Stevenson.
De alguna manera complementa el post del espejo mágico, de Escher, y mi escrito en su momento.
Resulta interesantísima la cuestión de la dualidad del hombre. No somos uno, sino muchos. Y es el tema aquí tratado, de manera genial por Stevenson, el que pinta de alguna manera la sociedad victoriana británica de su época, apariencia externa, y lujuria interna. Reflexionemos un poco sobre la época victoriana, porque muchas de las sociedades de los distintos países derivan de ella (fútbol y deportes, marxismo y las clases, el capital y el sistema prestamista, fábricas y revolución industrial, sistema de trabajo, paga, sindicatos, obreros, la lista es interminable)
Es menester tomar conciencia de la naturaleza fundamental, fundamental es dicho desde la fundación del hombre, de esta división, inalterable e ineluctable, pues sólo a través del conocimiento de la situación se alcanza la plenitud en el desarrollo.
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La confesión de Henry Jekyll:
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«De aquí vino a resultar que oculté mis goces, y que cuando llegué a la edad de la reflexión y empecé a darme cuenta de mis progresos y posibilidades en el mundo, estaba ya condenado a una profunda duplicidad en mi vida. Irregularidades como las que yo cometía, habrían sido para muchos hasta motivos de vanagloria; pero desde la altura de los ideales que yo me había trazado, las veía y las ocultaba con un sentimiento casi morboso de vergüenza. Era, pues, lo exigente y rígido de mis aspiraciones, más que ninguna extraordinaria degradación en mis faltas, lo que me hacía ser tal como era y lo que separó en mí, con una zanja más honda que en la mayoría de los hombres, esas dos regiones del bien y del mal que dividen y componen nuestra doble naturaleza.
«Esto mismo me hizo meditar profunda e insistentemente en esa dura ley de la vida que está en el fondo de toda religión y que es una de las fuentes más copiosas de sus padecimientos. Aunque hombre de dos caras, no era yo, en modo alguno, un hipócrita: mis dos aspectos eran genuinamente sinceros. No era yo menos mi propio ser cuando dejaba a un lado todo freno y me hundía en la vergüenza, que cuando trabajaba, a la luz del día, en el adelanto de la ciencia o en remediar ajenas desdichas y dolores.
«Y sucedió que la orientación de mis estudios, que tendía por completo hacia lo místico y trascendental, ejerció gran influjo y proyectó viva luz en este conocimiento de la perenne lucha entre mis componentes. Día por día y así, desde el punto de vista moral como desde el intelectual; me iba acercando sin cesar a esta verdad, por cuyo descubrimiento incompleto he sido condenado a tan horrendo naufragio: que el hombre realmente no es uno, sino dos. Digo dos, porque el avance de mis propios conocimientos no va más allá de este punto. Otros vendrán después, otros que me dejarán atrás e irán más lejos por las mismas sendas; y aventuro la profecía de que el hombre será reconocido al cabo como una nueva comunidad de múltiples ciudadanos, independientes y heterogéneos. Yo, por mi parte, por la propia naturaleza de mi vida, avancé sin vacilar en una dirección y sólo en una; y fue en la esfera de lo moral y en mi propia persona donde me di cuenta de la completa y primitiva dualidad del hombre. Vi que si en el campo de mi conciencia se destacaba una forma de mi naturaleza, yo no podía identificarme con ella sino bajo la condición de identificarme a la vez con otra; y desde muy temprano, ya antes de que en el proceso de mis descubrimientos científicos se vislumbrase la más vaga posibilidad de tal milagro; me había acostumbrado a acariciar con delectación, como un dulce sueño, la idea de la separación de esos elementos. Si cada uno de ellos –me decía– pudiera ser alojado en una personalidad distinta, la humanidad se vería aliviada de una insoportable pesadumbre.
«El protervo seguiría su camino, libre de las aspiraciones y de los remordimientos de su inflexible hermano gemelo, y el justo podría caminar, firme y seguro, por su senda ascendente, practicando las buenas acciones en que encuentra su gozo y sin estar ya nunca expuesto a deshonras y penitencias por culpa de la maldad ajena. Era el anatema de la humanidad que estuviesen atadas juntas en un solo haz esas dos cosas antagónicas, y que en la dolorida entraña, en la conciencia, los dos gemelos irreconciliables mantuvieran una lucha sin tregua.
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